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Si no afectara a la honorabilidad de las personas y al prestigio de un Grupo de Comunicación, el nuestro, el último y patético intento de José Apezarena en su página web por echar basura sobre Intereconomía resultaría incluso divertido. Desde luego, este venenoso trabajo de sicario –“La especial intimidad de Julio Ariza, presidente de Intereconomía, con Mario Conde, promotor de un partido político”– es menos significativo por lo que dice que por lo que da por supuesto.

Estamos ante un caso clínico de autoproyección que da por descontada, como algo que ni siquiera hace falta mencionar, la penosa sumisión de los medios al poder político. Como dicen en mi tierra: “Nadie piensa más que en lo que hace”. Y es lógico, en este sentido, que el señor Apezarena sea incapaz de imaginar siquiera que un Grupo pueda operar, expresarse y llegar a sus lectores, espectadores y oyentes sin hacerlo bajo el padrinazgo interesado de algún partido, arropado en alguna bandera partidista.

No nos atrevemos a determinar si el señor Apezarena acata el encargo de sus superiores –en cualquier sentido de la palabra– o se mueve por animosidad personal enloquecida al perpetrar este sucinto cúmulo de insinuaciones maliciosas, falsedades descaradas y pura maledicencia. Sí podemos, en cambio, afirmar con absoluta tranquilidad que todo es falso. Nos gustaría, por ejemplo, que no hablara de oídas, siguiendo el briefing que le hayan pasado nuestros enemigos, y que en su lugar hubiera frecuentado nuestros medios antes y después de la fundación del partido de Mario Conde. Podría comprobar en carne propia que Mario –del que me precio de ser amigo personal, confío en que eso no sea todavía un delito– tiene en Intereconomía la voz que ha tenido desde hace ya años, ni más ni menos.

Es cierto, sin embargo, que antes el señor Conde no dio indicios de querer entrar en política y, ahora que lo ha hecho, se ha convertido en personaje invisible para la Prensa afecta al régimen. Que nosotros no hayamos pasado por ese aro, que no nos hayamos plegado a los deseos de quienes querrían hurtar al público su existencia, indudablemente noticiosa, debe dejar estupefacto al señor Apezarena.

En un entorno informativo sano, la postura de Intereconomía de contar con la presencia de Mario Conde antes y después de su iniciativa sería la natural, seguida por amigos y enemigos. En el pútrido lodazal en el que a veces nos movemos, Mario es una no persona orwelliana. Mientras hicimos una durísima oposición al Gobierno Zapatero, sencillamente siguiendo lo que creemos y anunciamos abiertamente, se nos tildó de apéndice del Partido Popular. Ahora que nadie puede seguir creyendo que lo seamos, se nos adjudican hipotecas políticas con el proyecto de Mario Conde. Este modo de pensar no dice nada sobre nosotros, y sí mucho de quienes se mueven en este simple esquema de poder.

Mantener la presencia de Mario Conde, después de tres años ininterrumpidos, en El Gato al Agua sólo puede ser sinónimo de apoyar a su partido político para mentes que se limitan a proyectar sus miserias y que conciben la información como propaganda al servicio de su patrocinador. No es el caso de Intereconomía ni va a serlo nunca. Mala suerte. He dicho que soy amigo de Mario, y lo reitero.

Quien me conoce sabe que no elijo a mis amigos por razones económicas ni movido por afinidades ideológicas, hace años que aprendí a no instrumentalizar la amistad; asociar un sentimiento tan noble con colaboración o sumisión en un proyecto político nos parece tan grave como sostener, por ejemplo, que el hecho de que el señor Apezarena sea miembro numerario del Opus Dei le convierte en mero vocero de tan digna Institución. Y en nuestro caso ni siquiera hay un compromiso explícito de obediencia.

Por entrar en lo concreto, he disfrutado de la hospitalidad de Mario en su casa de Orense hace dos años una vez en mi vida pero, casualmente, no he vuelto a hacerlo desde que se lanzara a la palestra política. Otro tiro al aire.

Sabemos bien que una calumnia de esta naturaleza está inspirada por personajes, parásitos de obispos y cardenales, empeñados en hacer la guerra sucia con el dinero de las parroquias y de los fieles a un Grupo de Comunicación cuyo ideario coincide milimétricamente con la visión antropológica de la doctrina de la Iglesia. Mientras ellos mismos se prestan a pactos, sin recato alguno, con periódicos que viven de las páginas de prostitución.

Comprendo que haya muchas personas vinculadas a la información política o a otros estamentos de la sociedad que sientan un cosquilleo en el estómago ante el crecimiento de Intereconomía, la notoriedad de su marca y la extraordinaria fidelidad de nuestros lectores, oyentes y telespectadores. Por eso el artículo de Apezarena no merecería otra respuesta que un despectivo silencio si no estuvieran en juego, con el Grupo Intereconomía, un proyecto empresarial y la ilusión y el modo de vida de centenares de profesionales que no tienen la culpa de que este señor no puede entender qué es la libertad ni aunque le golpeara en la cara.

Señor Apezarena, créame, no apueste usted al 13, ¡trae mala suerte! Y, por cierto, y sobre todo, no se pierda usted la película Tadeo Jones, ¡es buenísima!