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Estamos inmersos en un gran proceso de ‘argentinización’ de España.

 

La Puerta del Sol acogió el 21 de mayo a miles de personas que se daban cita allí movidas por un creciente sentimiento de malestar, fruto de una calamitosa situación económica y política.

Gentes de buena fe de todo tipo y condición social, padres y madres de familia con sus hijos, ancianos, jóvenes universitarios, trabajadores de todas las edades, daban testimonio público del distanciamiento entre la ciudadanía y su clase política. Las movilizaciones, transmitidas casi al minuto por la TV de Intereconomía, captaron la simpatía de millones de personas, que veían reflejada en ellas la indignación ante la realidad de un paro demoledor, un empobrecimiento galopante y un más que alarmante deterioro institucional y político.

El 22 de mayo se produce en España un hecho completamente novedoso en nuestra historia política reciente, la derecha conquista más poder municipal y autonómico del que nunca había tenido. El giro del pueblo español hacia posiciones conservadoras es una evidencia empírica.

Las causas de este cambio también parecen obvias: siete años de un Gobierno radical, inepto e irresponsable, siete años de un Gobierno de extrema izquierda.

Mientras esto ocurría en la mayoría de la sociedad española, que además incrementaba su participación en las elecciones, el mal llamado movimiento de los indignados se decantaba en un sumatorio de grupúsculos adscritos a la izquierda radical, a los movimientos ocupas o anarquistas. Es decir, mientras la sociedad en su conjunto viraba a la derecha, los indignados se radicalizaban en la izquierda.

La manifestación del domingo pasado en Neptuno pone el epitafio a lo que pudo ser un movimiento social que incluyera a una gran parte de nuestra sociedad y que, sin embargo, decidió expulsarla, expulsar su bandera, expulsar sus auténticas reclamaciones y expulsar la reivindicación de sus víctimas. Simplemente no era posible tratar de liderar la legítima y justa indignación social sin hacer una sola crítica a los máximos responsables de la situación: el Gobierno de Rodríguez y Rubalcaba, y de eso rápidamente se dio cuenta la mayor parte de la sociedad y comenzó a abandonarles.

El 21 de mayo pasaron cosas, es verdad, algo se movió y se movilizó en el corazón de nuestra sociedad. También el Gobierno llegó al clímax de su incapacidad permitiendo unas acampadas prohibidas expresamente por una Junta Electoral Central avalada por el Tribunal Supremo. Y el día 22 los españoles dijeron ¡basta!

Pero aquellos anhelos, aquellas frustraciones, permanecen vivos. La democracia del siglo XXI está obligada a reinventarse. Nadie concibe hoy que si una potente formación previa es indispensable para liderar cualquier organización empresarial, financiera o social, no sea igualmente exigible para formar parte del Gobierno de un país.

La participación en los asuntos públicos, la utilitas colectiva de Ulpiano, no va a poder canalizarse exclusivamente en votaciones cerradas a partidos burocratizados e impermeables constituidos en verdaderas castas. Las nuevas tecnologías van a facilitar e impulsar nuevas y más constantes y eficaces formas de participación y control del gobierno de lo público.

Se ha puesto de relieve como nunca la asignatura pendiente de un modelo formativo y educativo, anclado en el conocimiento verdadero de la naturaleza del hombre y las auténticas formas de colmar sus ansias de felicidad y de trascendencia.

Obligados, como estamos los seres humanos, a vivir en sociedad, a vivir juntos, tendremos que dotarnos de sistemas políticos y jurídicos que garanticen el libre ejercicio de los derechos fundamentales, que tutelen y protejan de forma efectiva los derechos de los más indefensos, que fomenten la pluralidad respetando la diversidad.

La seguridad jurídica, reducida a cenizas en los últimos años, tiene que ser mascarón de proa de una recuperación económica que, por otra parte, sólo será posible con el sacrificio de todos. A estas alturas ya sabemos que nadie nos va a regalar nada y que lo que nosotros no hagamos nadie lo hará por nosotros.

Las palabras innovación, emprendedor, flexibilidad, exportación, desburocratización y calidad van a ser de uso habitual y los padrinos seguros para la salida de esta crisis económica.

Resulta dramático comprobar como el ruido ambiental de estas semanas y una buena dosis de egoísmo han sido capaces de asimilar, casi sin resistencia, el cambio de estatus otorgado por este miserable Gobierno a los asesinos de ETA. La radical injusticia cometida con quienes durante todos estos años han dado sus horas, sus días y sus vidas defendiendo nuestra integridad y nuestra unidad como país coloca a España en tal situa-ción de indignidad que difícilmente puede expresarse con palabras.

Pensar que unas personas designadas como miembros del Tribunal Constitucional han sido capaces de perpetrar tal infamia, instigados por un Gobierno inicuo, hiela la sangre de cualquier hombre de bien.

El futuro sólo puede ser ya uno: volver al imperio de la ley, cumplir y hacer cumplir las leyes. Dura lex sed lex, debe ser referencia inexcusable de la acción del próximo Gobierno, y a cada uno lo suyo. Y para eso contar con hombres y mujeres preparados, serios, capaces y con vocación de servicio a los demás. Quien no cumpla las leyes, todas las leyes, no podrá fundar su poder sobre ellas.

La corrupción en todos los ámbitos está completamente desbocada. El proceso de argentinización es ya ingrediente en los guisos de las Administraciones Públicas o las grandes empresas. La transparencia y el endurecimiento de la ley son estratégicos en la solución de este gravísimo problema. Las alfombras han de levantarse y los corruptos deben ser relevados o será difícil confiar en que en adelante las maneras de administrar van a cambiar.

El día 22 los españoles dijeron ¡basta!, lo hicieron en toda España a la vez, lo hicieron en Barcelona y en Madrid, en Bilbao y en Valencia, o sea, en toda España. Se manifestaron el 21 en toda España y dieron sus votos a otra forma de entender al hombre y a la sociedad en cada rincón de nuestra patria, expresaron su unidad y votaron por su unidad. Eso es exactamente lo que los españoles están manifestando y reclamando al mismo tiempo, conscientes de que la división nos empobrece y nos debilita, y además genera un lío ingobernable.

La tarea que tenemos por delante es extraordinaria. El diálogo sosegado y respetuoso capaz de reconocer un igual en el otro y abierto a la superación de las discrepancias, el trabajo constante y sacrificado, la creatividad en la búsqueda de puntos de encuentro entre posiciones e intereses dispares y la transparencia en la administración de los caudales públicos son las columnas imprescindibles para la edificación de un nuevo hogar para todos los españoles.

El Grupo Intereconomía forma parte de este nuevo camino abierto a la reconstrucción y regeneración de España, y con toda sencillez y sin mirar atrás vamos a recorrerlo junto a nuestros lectores, oyentes y espectadores.